¿Cuántas veces nos hemos encontrado en medio de una conversación en el que se está pelando a alguien que no está presente? En una reunión de amigos, en el pasillo, o en tu mismo escritorio de trabajo has escuchado personas que con un volumen de voz baja, se están refiriendo a otra que no está ahí, por lo menos a cinco metros de distancia; o lo que es peor, alguien haciendo muecas, señales o pequeños golpes con los dedos o pies, burlándose de ella. Son casi como una máquina consumidora de vidas, alguien vigila siempre tu espalda.
Generalmente, uno es el último en enterarse de los comentarios que generan los demás. Comentarios que contagian a personas que uno ni conoce y que construyen un mundo paralelo de tu vida, con un guión que se lo quisieran las telenovelas venezolanas. Hay gente que pasa su vida fijándose en otras, criticándolas por todo, con la plena seguridad que ellas son dueñas de la verdad y por lo mismo hay cosas que no se pueden justificar ni argumentar por si solas, pero juran que nos están haciendo un favor gracias a la gran sabiduría de sus palabras ¿Alguien me podría decir si existe en el mundo un monumento a algún crítico? Lo que mueve a esas personas es el egoísmo y la envidia. Entienden que cualquier intento de sobresalir es porque el otro es florero de mesa, porque busca otras intenciones que sólo lo benefician a él y no al resto y de ahí salen los epítetos más creativos que ni ellos se imaginaban pronunciar. “La vida se lleva mejor trabajando pensando en la hora de salida, llegar a tomar desayuno a la pega para seguir la copucha del día anterior”.
Hay una historia que dice que uno de los discípulos de Gandhi sentía envidia y quería matarlo. Cuando el maestro estaba paseando por un camino solitario y desde la cima de una colina, el homicida deslizó una roca que rodó por la ladera, pero la piedra se trabó con un árbol y se detuvo antes de dar en el blanco. Ghandi reconoció a su agresor pero no dijo nada y no lo contó a nadie.
Días después, se cruzaron los dos hombres y Gandhi lo saludó con alegría y respeto. El hombre le preguntó muy sorprendido si no estaba enojado con él. Gandhi le respondió que no.¿Puedes decirme por qué no le has dicho a nadie y cómo has hecho para no enojarte conmigo? Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada. Ser indiferente a los insultos y a los elogios es el camino para el inicio de la bondad.
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