Los clubes de la ANFP no han entendido nada. Les aseguro que ni siquiera pensaron en la grandeza, en el vuelo propio, en la genialidad, en el talento de la conducción de la selección nacional y de la misma Asociación. Sólo el que Mayne-Nicholls no los escuchara en sus peticiones, se vieron ceguecidos y disminuidos en el poder que ellos ostentaban hasta hace un tiempo, en una pasada directiva. Por esta razón, era mejor pasar por arriba del bien común, del hacer bien las cosas y realizar unas elecciones donde los oídos se cerraron para escuchar al hincha, quien es el consumidor final de lo que ellos deciden entre cuatro paredes. Cuando la palabra empeñada no vale nada, es mejor apagar la luz, cerrar la puerta y escapar hacia el fútbol de cuarta división, hacia las canchas de tierra, hacia los balones sin marca, hacia los camarines de medias aguas, hacia las duchas heladas y de tubo, hacia las calcetas rotas y camisetas descoloridas. Escapar hacia una buena conversación con el utilero que llega muy temprano en la mañana a preparar el camarín, hacia una rica tallarinata compartida con el club luego del encuentro deportivo.
Mientras en el otro oscuro sitio, la cancha es una gran torta con porcentajes, los estoperoles son las uñas afiladas porque cada cual se rasca como puede, donde las caras son máscaras, los discursos palabras sin sustento y el bien común es de pocos… muy pocos.
Este partido lo perdimos por un autogol, el único partido donde no podíamos darnos el lujo de perder. En él se jugaban la calidad, la decencia y la nobleza.
Cuando alguien prenda la luz del otro sitio, abriremos esa puerta y comenzaremos nuevamente con la frente en alto.