Era viernes, un día ajetreado como tantos otros, el sol se preparaba para desaparecer en el horizonte, mientras yo guardaba mi bolso en la maleta del auto. Vivo en Costa Brava, un sector muy tranquilo de Concón, frente mío el imponente Océano Pacífico y detrás, las dunas de mi ciudad. Cierro la maleta del auto y camino un par de pasos en el estacionamiento para partir de una vez y a dos metros de mí, encuentro a un extraño y gordito ratón, de un tamaño no menor, de pelaje café, gris y amarillo, y orejas de antenas parabólicas; estaba herido, medio atontado, comenzó a acercarse lentamente hacia mí, seguí quieto tratando de no interrumpir su decisión, no quería asustarlo, pensé que ya había tenido bastante al arrancar de algún gato o perro que abundan por estos lados, seguramente no había salido ileso de esa expedición; se apoyó en mis zapatos como pidiendo ayuda, logré ver sus heridas en los ojos, seguro no podía ver, yo sabía que corría peligro inminente, en cualquier momento pasaría un perro, de esos que cuidan la calle y sería un blanco fácil, entonces tomé unas leñas que estaban a mi costado y como si él entendiera mi intención, se acomodó en una esquina para que lo protegiera de la vista de las mascotas, dándole también, el calor que necesitaba en ese momento. Subí a mi auto y partí.
Llevaba unos minutos manejando y pensando en lo que me había sucedido, de pronto, de forma instintiva me estacioné en un lugar y empecé a relacionar todo. ¡Ese ratón no es un ratón! - dije -. Es La Llaca , un marsupial que vive en la biodiversidad de la flora y fauna de nuestras dunas. Mi casa y la de todo el sector están edificadas sobre duna, el hábitat natural de La Llaca , a cincuenta metros de mi hogar, cuatro edificios en construcción, maquinarias que parecen sacadas de la película Transformers, removiendo la duna como una licuadora, vibraciones en el piso y camiones cargados de esa dorada arena que tanto admiraba y jugaba cuando era niño. Esos pequeños animales huyen de esa terrible invasión, invasión del metal y del frío cemento, buscando hacer una nueva madriguera en otro lugar, el cual fue tomado por mi barrio hace cuatro décadas y que fue marcando el inicio del desalojo forzado de cientos de especies, devorando la duna y su flora. ¿Quién es el que está en el lugar incorrecto? ¿Quién es el nómade?
¿Son los costos del progreso? ¿Se puede progresar a costa de la naturaleza? Ésta no es cualquier naturaleza, son dunas milenarias que antiguamente llegaban hasta lo que ahora son las calles poniente de Viña del Mar, es una de las pocas dunas en el mundo que está ubicada dentro de una ciudad, con una belleza única admirada desde cualquier rincón de la bahía de Valparaíso, es la identidad de mi querido Concón.
Este pequeño e indefenso marsupial con sus ojos ensangrentados ha remecido mi conciencia. Tengo sentido de culpa por estar yo, en el lugar incorrecto y ocupar un lugar que no me pertenece aunque tenga la escritura, aunque tenga el rol de la casa, aunque el departamento de obras haya recibido conforme este pedazo de terreno. ¿Qué valida el que cada vez ocupemos más y más espacio a las dunas? ¿Los papeles del abogado, del banco, del Serviu, del Servicio de Impuestos Internos, de la municipalidad?
Hay cosas que se repiten en nuestra vida cotidiana: “Hazlo no más, si nadie se va a enterar”. El problema es que hoy, me he enterado yo.
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