Poco se habla de la competitividad en el colegio, la universidad o en el trabajo, sin embargo está presente todos los días en la forma que tenemos de enfrentar nuestra actividad diaria. Las comparaciones, el ganar, el perder, el fracaso, la derrota está presente en nuestra vida y lo aceptamos como parte del desenvolvimiento del ser humano.
Me gustaría detenerme y reflexionar en que muchas veces los procesos de nuestro comportamiento que por años hemos repetido y damos por sentado, no necesariamente son los correctos para avanzar como sociedad.
Citaré a continuación un texto del neurobiólogo chileno Humberto Maturana que afirma lo siguiente:
“Si cualquiera de nosotros entra a un trabajo donde tiene que aprender cómo se hace lo que se hace, y en la partida no se lo explican o la persona que tiene que explicarlo no tiene paciencia, queda atrasado y al final no entiende nada. Eso ocurre si sus dificultades son tratadas como insuficiencias o fallas y no como el proceso natural de estar aprendiendo algo que no se sabe. Todos los seres humanos somos esencialmente inteligentes. Las dificultades del aprendizaje, en general, no son temas de inteligencia, son temas de emoción.
El matonaje o bullying, en el fondo, es expresión del modo de relacionarse de los adultos, porque vivimos una cultura en la cual pensamos que la discrepancia o los temas de la convivencia se resuelven en la competencia, en juegos de poder. Y los jóvenes aprenden lo que viven los adultos, que se cultiva y se transforma en un hábito, de modo que los niños crecen en el matonaje. ¿Qué pasa que se vive minimizando a otros? Tenemos que preguntarnos eso. Tenemos que reflexionar sobre cómo vivimos los adultos, cómo tratamos nuestros conflictos, cómo abrimos -o negamos- espacios para la colaboración, de manera que los jóvenes se sientan incluidos?
Si yo compito con otro, el otro y no yo es el referente de lo que hago. Entonces la competencia es un acto de desvalorización de uno mismo. Es completamente distinto a la colaboración. No es cierto que la competencia lleve al progreso o al bienestar, eso no es verdad. La competencia lleva al sufrimiento, al desencanto, al dolor en último término. En una competencia deportiva lo importante no es ganar, sino que el otro pierda, pues yo no gano si el otro no pierde. Eso justifica cualquier cosa que yo haga para que el otro sea dañado, esté mal y pierda. Entonces no depende de la calidad de lo que yo hago, sino de la negación del otro.
Si se mira la historia, las situaciones difíciles nunca se resuelven en la lucha y la competencia, sino en la colaboración. El tema está en cómo vivimos. ¿Queremos o no queremos vivir en la colaboración; usar las diferencias no como discrepancias, sino como oportunidades reflexivas que nos permitan resolver temas que de otra manera no se resuelven porque quedan atrapados en la confrontación?”.